Publicado el 11 de septiembre de 2013 | por 0

Mejora infinita

Un trabajo, un producto, una persona,… todo lo que proceda de la mano del hombre o sus cigotos lleva consigo una obligación de mejora constante. Ejemplos clarísimos son los detergentes y la pasta de dientes. Ambos productos llevan muchas décadas mejorando año tras año, buscando el blanco perfecto que nunca llega. Siempre aparece una nueva molécula, se descubre una enzima, aparece una efervescencia única, algo que hace que nuestra zona interdental sea digna de un póster y que nuestra camisa blanca provoque accidentes por deslumbramiento. Pero aún así no se habrá alcanzado la perfección y pronto aparecerá un producto de la misma marca que mejore el anterior.

Lo mismo podemos decir de las personas y sus habilidades. Imaginen un jugador de baloncesto superdotado para el tiro. Su cerebro nació con la cualidad de calcular la fuerza y la trayectoria exactos para encestar la pelota en el aro desde cualquier punto del campo, evitando además a los contrincantes y demás obstáculos. Su cerebro transmite a sus brazos y piernas los movimientos para que la pelota ejecute la orden con precisión matemática. Total, este jugador encesta siempre: de dos, triples, desde su propio campo, desde los vestuarios, de carambola usando el suelo, el árbitro, el cuerpo de los demás jugadores,… este jugador acabaría con la NBA en una sola temporada. La sola existencia de este tipo 100% perfecto para el baloncesto, bajito, regordete y sin carisma pero sin margen de mejora en el arte de meter canastas, haría que los propios jugadores de cada barrio desmontasen las canastas que les puso el ayuntamiento. ¿Para qué jugar? Este jugón lo ha jodido todo. No sería un ídolo porque no comete fallos y un ídolo ha de tenerlos, no puede ser 100% perfecto. Un ídolo necesita mejorar.

Lo mismo ocurre en los negocios. Cuando observamos el funcionamiento interno de una gran multinacional digna de elogio nos sorprendemos descubriendo que el margen de mejora en lo referente al personal, a los procesos, al producto,… es inmenso. Por no decir claramente que todo es una mierda, una mierda que funciona. Porque una empresa, cualquiera, es imperfecta porque sus trabajadores lo son. No en el sentido de que no sean autómatas de la pruductividad, que tampoco, sino en las pequeñas o grandes cosas que cada uno lleva en su mochila: manías, carencias, vicios,… y mientras uno lee el marca.com, otra compra en Asos, el otro se va a hacer una gestión al centro, esta manda 5 tweets a la hora, otro que solo piensa en cómo joder al compañero, etc. unido a las decisiones tomadas sin conocimientos, basadas en la intuición propia o en la intuición de dos o tres personas, o basadas en lo que ha hecho la competencia, junto a unos medios y unas materias primas que no siempre son los mejores porque hay que ahorrar y un conjunto de costumbres y memeces agrupadas en lo que se denomina “filosofía de la empresa” da como resultado que todo ello junto funcione. Parece incomprensible pero es así.

Esto en las empresas de éxito. En las que van mal, no hay fallo posible en mi teoría de la mejora infinita.

Esta ilusión de que todo puede mejorar, incluso nosotros, mueve el mundo y mueve los negocios. Todos deseamos que el nuevo iPhone 5s sea mucho mejor que el anterior porque deseamos desearlo. Nadie quiere una tele que sea la última de nuestra vida. Ni una cama, ni un sillón. Tampoco esta barba es lo mejor que mi aspecto puede dar. Ni estos pantalones son los que quiero usar toda la vida aunque sean perfectos para mí. Y todo esto lo estoy gritando desde el balcón sin camiseta. La gente me mira y piensa que el discurso no está mal, pero que podía ser aún mejor si el que gritase fuese Antonio Banderas. Como ven, las mejoras están sometidas a la relatividad.

Y este texto también puede mejorar. Y mucho. Es por eso que dejo una falta de ortografia para el futuro.

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